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Perspectivas en el Diagnóstico de los Trastornos del Espectro Autista

viernes, agosto 05, 2016

Por Angélica Cuevas Contreras

Recibir el diagnóstico de un Trastorno del Espectro Autista (TEA) suele ser un momento muy difícil en la vida de una familia, marca un camino largo y complicado a seguir, acompañado por decisiones difíciles de tomar para los padres. Para emprender este camino, en muchos casos se transitó sobre otro incluso más complejo, que es el de llegar a un diagnóstico certero que permita establecer líneas claras de intervención a corto, mediano y largo plazo.

En México, las familias consultan entre 6 y 7 especialistas antes de llegar a un diagnóstico acertado de TEA, transcurriendo tiempo valioso de intervención y hay un gran desgaste psicológico, emocional y económico. A esto se suman, las diferencias en visiones o perspectivas diagnósticas en torno a este tipo de trastornos que actualmente se viven entre los distintos profesionales que se dedican a este campo.

Los retos en el diagnóstico se han presentado prácticamente desde que se “caracterizó” por primera vez a este tipo particular de condición. Leo Kanner y Hans Asperger casi al mismo tiempo, en la década de los 40”s dieron descripciones que sientan las bases para el diagnóstico de los Trastornos del Espectro Autista. Ambos, desde una perspectiva médica psiquiátrica definen y delimitan ciertas características diagnósticas.

Kanner menciona cuatro de ellas: Incapacidad del niño para relacionarse adecuadamente con personas; dificultades en el desarrollo comunicativo del lenguaje; importante necesidad de que las cosas permanezcan igual; aparición de estas características antes de los primeros tres años de vida. Por su parte Asperger tipifica lo siguiente: Se presenta en hombres; torpeza social; conductas estereotipadas; torpeza motriz; sin retraso en la adquisición del lenguaje. 


Como puede verse, se comparten ciertas características y se diferencian otras haciendo desde el inicio el diagnóstico confuso y delineando dos condiciones si bien parecidas, distintas entre sí. Con esta perspectiva médica-psiquiátrica, se marca el arranque para que los profesionistas en el campo puedan tipificar esta condición. Los criterios diagnósticos más utilizados se encuentran contenido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM).

Este manual es un consenso en la comunidad psiquiátrica americana, para el diagnóstico de cualquier condición mental del ser humano. Parte de una visión médica y clínica de la persona, va cambiando con el tiempo partiendo de la visión de la comunidad médica-psiquiátrica en el momento de su publicación. Es una guía para los profesionales de estas áreas que indican criterios relativamente claros para hablar el mismo idioma y clarificar cualquier tipo de condición.

Esta guía se ha ido modificando desde su primera versión hasta la quinta, publicada en el 2015 siguiendo las corrientes y puntos de vista de la psiquiatría actual. Los criterios diagnósticos para los TEA no han sido la excepción y han cambiado también en las distintas versiones del manual. En el DSM-IV se agruparon como Trastornos Generalizados del Desarrollo y se contemplaban 5 trastornos: Trastorno Autista, Trastorno desintegrativo infantil, Trastorno de Asperger, Trastorno de Rett y Trastorno generalizado del desarrollo no especificado.

Entre ellos compartían algunos criterios y se diferencia en otros, sin que sus límites estuvieran bien delineados. Razón por la que los profesionales que realizaban valoraciones tenían dificultades para distinguir un tipo de trastorno de otro, generando confusiones, arrojando distintos diagnósticos a una sola persona dentro de este espectro. Donde mayores dificultades existían era para diferenciar entre, un Trastorno Autista con buen nivel de funcionamiento de un Trastorno de Asperger o Síndrome de Asperger.

Actualmente la referencia es la quinta versión de este manual con ajustes significativos en esta área: se cambia el término Trastornos Generalizados del Desarrollo por el de Trastornos del Espectro Autista y se les incluye en otra clasificación más grande denominada Trastornos del Neurodesarrollo. Otro cambio es la eliminación del Trastorno de Rett, debido a que por su origen genético pasa a otra categoría diagnóstica. También se eliminan los nombres específicos para cada trastorno y se conceptualizan como un espectro que comparten características pero que, la manifestación de los criterios que los definen indican la gravedad del trastorno y la necesidad de apoyo que requieren.

Un cambio más se refiere a los criterios diagnósticos, en el DSM IV se hablaba de tres características: Deficiencias en reciprocidad social, Deficiencias en lenguaje y comunicación, Intereses restringidos y repetitivos; que en el DSM V se delimitan a dos criterios: Deficiencias en comunicación social y Comportamientos restringidos y repetitivos, tomando en cuenta la sensibilidad inusual a estímulos sensoriales que no se mencionaban en la versión anterior.
Estas modificaciones han generado gran polémica entre los profesionales de la salud dedicados al diagnóstico de estas condiciones, padres de familia y de las mismas personas que las presentan que se ven o no reflejadas en esta “tipificación” o “caracterización”. Sobre todo, en la comunidad de personas con Síndrome de Asperger autodenominados “Aspis” y que no están de acuerdo con esta clasificación y consideran a este conjunto de comportamientos como un “estilo de vida”. 




Como se mencionó anteriormente esta categorización parte de un paradigma médico-psiquiátrico sobre el cual se desenvuelven muchos profesionales de la salud en la actualidad, sin embargo existe otro grupo de profesionistas, padres de familia y personas que presentan esta condición, que han transitado de esta visión paradigmática (y no están de acuerdo con ella) a otras concepciones distintas al modelo descrito anteriormente.

Dentro de esta concepción, se visualiza a los Trastornos del Espectro Autista como una condición, en donde se elimina el término Trastorno por considerarlo perteneciente a esta visión medica psiquiátrica y en donde los llamados criterios diagnósticos se convierten no en características que definen a la persona, sino en peculiaridades en la forma de acceder al mundo tales como: En la forma de relacionarse; en la forma de comunicarse; en el uso de los objetos; en los procesos de pensamiento; y en el proceso de la integración sensorial.

Desde esta visión, sí hay diferencias significativas entre el autismo y el síndrome de Asperger que deben contemplarse para establecer estrategias de intervención. El diagnóstico se hace a través de la presencia y observación de conductas y no por pruebas médicas, no se habla de niveles de severidad sino de funcionamiento versus retos presentes en la persona y se hace mucho énfasis en que no puede “tipificarse” a la persona, ya que cada ser humano es distinto y se relaciona con los demás, con su contexto, a partir de una forma distinta de pensamiento y particular de procesar la información.

Para los padres de familia, independientemente del enfoque y visión diagnóstica, lo fundamental es tener certeza sobre la posibilidad de presencia de esta condición, para lo cual compartimos algunas de las conductas llamadas signos de alarma presentes en personas dentro del espectro y que pueden ayudar a las familias a delimitar el camino a seguir para confirmar o descartar un diagnóstico de este tipo.

• No responder a su nombre para cuando tienen 12 meses de edad. • No señalar los objetos para demostrar su interés para cuando tienen 14 meses de edad. • No jugar juegos de simulación (jugar “a darle de comer” a un muñeco) para cuando llegan a los 18 meses de edad. • Evitar el contacto visual y querer estar solos. • Tener dificultades para comprender los sentimientos de otras personas y para hablar de sus propios sentimientos. • Presentar retrasos en las destrezas del habla y el lenguaje. • Repetir palabras o frases una y otra vez (ecolalia). • Dar respuestas no relacionadas con las preguntas que se les hace. • Irritarse con los cambios pequeños. • Tener intereses obsesivos. • Aletear las manos, mecerse o girar en círculos. • Tener reacciones poco habituales al sonido, el olor, el gusto, el aspecto, el tacto o el sonido de las cosas.

Si algunas de estas señales están presentes es importante acudir a un especialista para confirmar o descartar el diagnóstico. La importancia del diagnóstico radica, más allá de definir características, criterios o peculiaridades, en poder determinar, junto con la familia y la persona que presenta la condición (en la medida de lo posible) estrategias de intervención adecuadas y funcionales que vayan acorde a las necesidades cada familia y cada persona en particular y que permitan respetar la condición de PERSONA dando la oportunidad de desarrollar y mantener una calidad de vida acorde a estas necesidades y desarrollar las habilidades para poder ser lo más independiente posible.



Bibliografía:

Asociación Americana de Psiquiatría (2015). Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastronos mentales. Quinta Edición. DOI.
Díaz, E. Propuesta mexicana para la descripción del Autismo y el Síndrome de Asperger. Ciudad de México: 2014.
De Clerq, H (2006). El autismo desde dentro. Eita.
Martínez, Ma; Cuesta, J et al. (2013) Todo sobre el autismo. Altaria publicaciones, Alfa Omega: AETAPI.
Stone, W (2006). Does my child have autism? Jossey Bass.
Zavaleta, P. Trayectorias de búsqueda de atención y tiempo de demora diagnóstica en familias mexicanas con casos de Trastornos del Espectro Autista. Mexico 2016. Centros para el Control y la Prevención de enfermedades: http://www.cdc.gov/ncbddd/spanish/autism/signs.html
Autismo Galicia: http://www.autismogalicia.org/index.php?option=com_content&view=article&id=321%3Adsm-5&catid=52%3Acatnovas&Itemid=74&lang=es

Con voz propia

Trastorno del Espectro Autista

viernes, agosto 12, 2016

“Donde la música y la condición hacen causa”, es el lema que se puede leer en el blog de Daniel Schifter, quien tiene asperger y quien abrió ese espacio con la misión de que la gente que tiene esta condición disfrute de la música en géneros que van desde el goth rock, post punk, death rock, new wave.

Además de gestionar este espacio de expresión, crítica y recomendaciones musicales, Daniel gusta de explorar su lado creativo a través de la edición de video. Aunado a estas actividades, se desempeña laboralmente en la empresa Intellego.

Para conocer un poco más sobre él, te invitamos a que veas el breve video editado por el propio Daniel, en donde a modo de entrevista nos comparte más aspectos de su vida laboral.

La familia habla

Del mutismo a la melodía

viernes, agosto 19, 2016

Para Luís Rodrigo Velásquez del Valle
Por Yolanda del Valle

Teníamos una hija hermosa empeñada en gozar la vida, en investigarla y apropiarse de su belleza. Todo eso como consecuencia del desarrollo saludable y entusiasta de sus primeros años. Su curiosidad activa frente a los misterios que se encontraba a cada paso y la relación cariñosa con todos aquellos que formábamos su mundo, eran signo y sentido de su vitalidad creciente. Alejandra tenía tres años cuando llegó el ansiado momento de esperar a un segundo bebé, pero la felicidad se derrumbó porque un sangrado nos anunciaba que no llegaría. Vivimos un duelo hasta que, un tiempo después, disfrutamos del tercer embarazo. Celebrábamos la sola idea de recibirlo, de arroparlo, de hacerlo sentir amado y en casa. Preparamos un espacio especial para él. Su ropa, sus muebles, sus juguetes, el álbum donde estarían sus fotos. Pensamos su nombre. A punto de que culminaran los nueve meses todo estaba listo. Su hermana colgó en la puerta un letrero con hermosos dibujos para los que utilizó todos los colores del arco iris “Bienvenido a tu casa, bebé”, decía con su letra bella y saltarina.

Él, por su parte, llevaba dos días anunciando que quería nacer. Las contracciones progresaban de bruscas a violentas. Endurecían la piel de mi vientre; la estiraban y la distendían. Cada órgano, cada tejido dentro buscaba un reacomodo. Las ingles y el empeine parecían abrirse hasta provocarme la sensación de que acabarían por quebrarse a fuerza de jalones. Pero el doctor dijo: “Hay que esperar a que haya un lapso de tiempo exacto entre cada una. No más de tres minutos.”.

Las mujeres mayores ordenaron: “¡A caminar!” Y caminé. Durante dos días recorrí palmo a palmo hasta memorizar las calles curvas y las empinadas que llevaban hacia la avenida y las que iban de la avenida al camellón ancho sembrado de fresnos y jacarandas. En el regreso: la banqueta estrecha, el camino inclinado, el espectáculo de los techos anaranjados y verdes del caserío, los olores que se desprendían de las casas y que variaban según la hora del día, me acompañaban y me distraían.

Hacia el atardecer del segundo día, el endurecimiento de mi vientre aparecía de manera intermitente exigiendo concentración total alrededor de mi cuerpo contraído. Apoyada del brazo de mi marido, me detenía para respirar profundo, en lo que él (tratando de disimular una preocupación que lo traspasaba) veía el reloj para luego anotar el minuto exacto y la duración de la contracción que me detenía. Llegó un momento en que apenas podía mantenerme en pie, fue entonces que Gustavo no admitió más demora: “¡Lleva cuarenta y ocho horas de contracciones! ¡La llevo al hospital ahora mismo!”.

“¡Es una emergencia!”, anunció la enfermera al médico que me recibió en “Urgencias”. Bata y camilla. No había tiempo para más. “¡Respire soplando, señora!” “¡Respire!” El dolor me mantenía concentrada en padecerlo y alejada del resto de lo que me rodeaba. Los corredores que atravesaba la camilla eran túneles inacabables, los sonidos de los cuartos se confundían en mis oídos con las frases atropelladas de quienes me transportaban.

-¿Qué tiene?

-Se está abriendo la cicatriz de una cirugía anterior.

Una vez en la sala de partos el aire frío se colaba por mi espalda descubierta. Me pasaban de la camilla a la mesa de operación. ¡Ahora siéntese y no se mueva que vamos a inyectarla en la columna! ¡Quietecita! Si se mueve no la voy a poder inyectar. ¡Haga un esfuerzo! ¡No se mueva! Las contracciones eran tan frecuentes e intensas que me obligaban a jadear. ¡Respire hondo! ¡Si se mueve se derrama el líquido y sería muy peligroso para usted! No ha llegado su doctor pero no tarda. No se preocupe, ya lo llamaron. En un momento va a estar por aquí. Por ahora la estamos preparando; yo soy su anestesista y él es el asistente de su doctor. No se preocupe, todo va a salir muy bien.

-No me duerma. Quiero ver nacer a mi bebé. Quedé con el doctor que no me dormirían. Quiero estar presente. -Suplicaba yo temiendo que me lo impidieran.

-No se preocupe, le estoy poniendo una dosis muy leve. Está muy agotada. Duérmase un poco, yo la despierto cuando esté por nacer.

Luché contra el dolor, el cansancio y el adormecimiento. Luché contra el desinterés de los médicos en cumplir la promesa de permitirme estar presente. Y vencí. Logré verlo nacer. ¡Era un bebé hermoso! ¡Era hombre! ¡Era mi hijo!

-“¡Mira nada más, Yolanda, que criatura más hermosa! ¡Es un niño!” –me dijo el doctor acercándolo hasta mí, que permanecía muda de la emoción. Era nuestra primera separación y nuestro primer encuentro. Unas lágrimas, un vuelco del corazón; un arrebato fascinado, inefable, que no tiene explicación. Nada existía en ese momento que no fuera su belleza y mi asombro. Le di la bienvenida con una sonrisa alborozada y le dediqué la primera palabra que le daba nombre: “¡Hijo!” Cuando por fin comenzó a llorar, su llanto era un himno a la vida; un bálsamo de alivio a cualquier dolor.

Sin embargo, un color azulado de su piel permaneció coloreando el fondo de mi mente. Y comenzó a erguirse como pregunta, como preocupación que no tardó en confirmar su ominoso sentido: lo confirmé meses después, en el momento en que mi hijo dejó de mirarme. A partir de entonces me convertía de cuando en cuando en la mujer que buscaba ser mirada por un ser que le aseguraba que no la miraría. Por quien no reparaba en ella. Me transformé en la mujer que busca ser amada por quien no aprecia su presencia. Desde el anhelo por ser tomada en cuenta sin lograrlo, busqué acceso al mundo en el que habitaba mi hijo. Intenté una oportunidad para aislarme en su aislamiento, y de esa manera busqué que, al igual que a él, a mí también me fuera posible vivir la muerte que se promete a quienes no les ha sido dada la posibilidad de cruzar del sonido a la palabra. Me hundí en un pozo sin salida.



En los primeros años de Luis Rodrigo se estableció una lucha violenta entre mis deseos maternos de dar y recibir ternura y el autismo que se imponía entre nosotros como muralla. Yo anhelaba comunicarme, y el autismo erigía fronteras, frustraba acercamientos, mermaba el efecto de mimos, caricias y lisonjas hasta el punto de convertir, de cuando en cuando, la dulce melodía de mis arrullos en sonidos dolorosos al llegar a sus oídos. El autismo nos prohibía los dulces escarceos que, precisamente por dulces, demandan ida y vuelta. Pero para el autismo no hay “vuelta”; refractario a que el otro reciba lo que se le envía, obstaculiza la respuesta. Más aún, cualquier posibilidad de respuesta de parte de mi hijo, quedaba aniquilada mucho antes de que la construyera.

Transcurría su tiempo inmerso en su no-sueño, impenetrable en su capelo, prisionero en su piel; como si su mundo principiara y acabara en ella. En su pasión por las bardas, todo lo tapiaba el autismo. Y conforme pasaba el tiempo, sin darme cuenta, me constituí en su aliada. Cooperé con él haciendo más ancho el muro que se interponía entre mi hijo y yo misma. Logré ensancharlo con mi sufrimiento sin salida, con mi llanto sin consuelo, con mi sentimiento de culpa sin absolución. El autismo hizo de mí una madre discapacitada y yo me solidaricé con él durante un tiempo largo. Atacaba con saña todo lo bueno mío: mi pensamiento, mi sentido del humor, mis afectos, mi confianza. Me despojaba de cualquier forma amorosa que pudiera ser un regalo para mi hijo. Porque al regalárselo yo, Luís Rodrigo lo recibiría, y esa ida y vuelta afectuosa finca un amarre, y los amarres son blancos de ataque, prohibiciones imperiosas por el autismo.

Desde siempre se sumaron algunos a una lucha ardua por derrumbar la muralla y a estas alturas (como consecuencia de una tarea conjunta y minuciosa), la hemos debilitado. Luís Rodrigo se asoma por algunas de sus fisuras a respirar aire fresco. Su mente soporta mucho más la cercanía de los otros, tolera más el dolor de no entender, disfruta más de lo que gozamos y es capaz de extrañar, de sufrir intensamente la separación de aquel a quien ama, con la esperanza de un reencuentro.



Ignoro cuándo fue que le declaré yo misma una guerra frontal al autismo. No sé cuándo renuncié a entregarme a la confusión y al letargo. No sé cuándo dejé de entender el destino de mi hijo como un destino sin esperanza. Y aun y cuando asumo que este dolor de mamá que no se conforma no va a desaparecer nunca, ahora el dolor es mi acompañante y no mi dueño. Ahora creo que, precisamente la incompletud de Luis Rodrigo me obsequió, paradójicamente, la oportunidad de tolerar un poco más mis propias faltas. Lo que resulta ser un regalo que deseo aceptar y agradecer.

Veo ahora al autismo como enemigo a combatir. Como una violenta afrenta a la condición humana de mi hijo quien se ha visto obligado a padecer el desconocimiento de la ciencia, la confusión de los expertos, la arrogante presunción de que se sabe muy bien cuando se ignora del todo, el error de algunos médicos, la crueldad y el sadismo de quienes se han aprovechado de su indefensión y de su silencio. Veo ahora al autismo como enemigo a combatir, desde un lugar que abrigue una esperanza realista. Desde una ciencia que sigue buscando conocer, desde los expertos que luchan por el esclarecimiento, desde la investigación médica, psicológica y pedagógica que se interesa profundamente en llevar alivio y, principalmente, desde las personas que encarnan esta esperanza y este deseo. Veo ahora al autismo como enemigo a combatir, porque Luis Rodrigo me necesita como mamá, amándolo profundamente como es, pero también luchando abiertamente por apartar de su persona los males que la alienan. 




Y habré de huir de consuelos vanos: de la tentación por idealizar la discapacidad, de la inclinación por el engaño que amortigua el sufrimiento. Habré de reconocer que nunca será motivo de tranquilidad la falsa verdad de que la persona autista no sufre, porque, en todo caso, el sentido de la vida no consiste en evitar el sufrimiento. Habré de gozar, mejor, los momentos en que sufra si es su dolor manifestación de un avance en la conquista de su ser como persona. Habré de mantener la esperanza de que, aunque Luis Rodrigo ya no pueda beneficiarse, llegará un día en que el autismo pase a formar parte del archivo muerto.

Inclúyeme avanza

Un mundo nuevo por descubrir

viernes, agosto 26, 2016

Por Carlos

Constantemente me preguntan cómo llegue a este mundo maravilloso del autismo. Todo comenzó cuando acompañé a mi colega a una institución de personas con autismo, sin imaginarme que todo comenzaría ahí.

A lo largo de estos casi siete años trabajando con trastornos del desarrollo, en específico con autismo, y en el día a día, sigo teniendo experiencias nuevas con los chicos.

Mi objetivo principal como facilitador ha sido brindar apoyo, recursos y elementos necesarios a los adolescentes y adultos con autismo, los cuales he conocido a lo largo de este tiempo, para que aspiren a una vida independiente. Yo considero que he logrado los objetivos generales que me he propuesto con cada persona. Para mí, el trabajo que desempeño es muy enriquecedor en el aspecto profesional y personal, al realizar cada estrategia que les favorece en su desarrollo y conocer más a fondo el trastorno del espectro autista.

En el Programa de Vida Independiente en el cual me desempeño actualmente, los chicos aprenden todo lo relacionado con su aseo personal, desde bañarse, vestirse correctamente, lavarse los dientes, lavarse las manos, afeitarse con rastrillo o rasuradora, peinarse, comprar y preparar sus alimentos, el aseo de su departamento etc., es decir, todo lo que conlleva vivir una vida independiente. Mi apoyo consiste en llevar los tipos de procedimientos para que aprendan a hacerlo bien; no es fácil, ya que muchos de los chicos no tienen una buena motricidad y hay que darles ciertos apoyos físicos, este tipo de cosas representan un gran reto, ¡pero me gusta mucho! ya que en varias ocasiones nos pasan situaciones chuscas, como cuando se untan mal la crema o queda en exceso, a la hora del baño a veces sin que me de cuenta le mueven a las llaves y se pone muy fría el agua, en fin, podría mencionar infinidad de situaciones que vivo todos los días con los muchachos, pero el punto no es la parte cómica si no esa relación que se establece con ellos, porque así como me daba gracia a mí a ellos también, dándonos cuenta que nos habíamos equivocado. Otro aspecto de la vida diaria es apoyarlos para vivir en total independencia en su departamento, y que lleven a cabo actividades como: buen uso de los cubiertos, lavado de platos, barrer y tender la cama, por mencionar algunas.

En la parte laboral, tengo chicos donde lo que se busca es incluirlos en un trabajo en el que se puedan desempeñar exitosamente dependiendo de sus capacidades, como por ejemplo, en instituciones donde pueden desarrollarse en labores de oficina, aseo o empaquetando de productos. En estos años he tenido inquilinos que se desarrollan en talleres de elaboración de golosinas como: paletas, gomita, gelatinas, chocolates etc. esto implica un gran reto para ellos, estas actividades son muy interesantes y de mucho cuidado por la higiene que se debe tener, esto no quiere decir que sea aburrido, por el contrario, lo desempeñan muy bien y les divierte mucho. En esta actividad el apoyo es mínimo.




En las actividades académicas es más complicado con la mayoría, ya que algunos chicos saben leer y escribir pero con el tiempo lo olvidaron por la falta de seguimiento o también porque les resulta una actividad aburrida, lo noto en su indisposición para trabajar. Existen casos de chicos que no tienen habla y la forma de decir: “no lo quiero hacer” es con conductas agresivas hacia ellos mismos o hacia sus compañeros, entonces es complicado intervenir en estas crisis, por lo que es un reto ingeniar algo para hacer la actividad divertida.

En lenguaje y comunicación me he apoyado mucho en el PECS y TEACCH, básicamente es reafirmar el uso o implementar completamente alguno de estos dos. En el caso del PECS se utiliza para que los chicos que no tienen habla se puedan comunicar y expresen lo que quieren; está constituido de imágenes que mediante combinaciones pueden expresar estados de ánimo, responden, solicitan etc. El TEACCH se emplea más para mostrarles sus rutinas o entablar un diálogo con ellos, es también casi la misma dinámica de combinar tarjetas con imágenes. Esta actividad es de las que más me gustan, hay un punto en el cual puedes entablar una plática con ellos por medio de las tarjetas.

Las actividades recreativas son las más divertidas que me ha tocado, algunas que hemos disfrutado son: boliche, danza, pintura, música, paseos, gimnasio, natación y juegos de mesa. Personalmente me tocan actividades que se desarrollan fuera de las instituciones donde mucha gente se sorprendía al ver que las desarrollan muy bien, un ejemplo es cuando desempeñan deportes físicos, porque captaban mucho la atención, la mayoría de las personas muestran cierto morbo de querer conocer cómo van a jugar, pero cuál es su sorpresa que juegan muy bien este tipo de deportes, un ejemplo muy claro es en los deportes acuáticos.

En cuanto a la música es muy curioso, ya que los maestros intentan que los chicos lleven un ritmo individual lo cual hacen bien, pero… cuando es el momento de hacerlo colectivamente se convierte en un desastre y es muy gracioso, ya que todos tocan por su lado, pero los chicos lo disfrutan mucho, que es lo importante. Así podría mencionar muchísimas anécdotas vividas en este tiempo. Durante el camino que he recorrido, mis anécdotas con chicos dentro del espectro autista han sido muy enriquecedoras, doy gracias por esta experiencia de vida personal y profesional.

En retrospectiva, esto cambió completamente mi perspectiva de las personas con discapacidad. En cuanto a Inclúyeme, me ha brindado la oportunidad de trabajar con estos chicos, algo de lo que estoy muy agradecido, al igual que del trato que me han brindado, ya que consideró que mi desempeño es bueno y lo veo reflejado en los avances de los chicos. Viéndolo a futuro es muy gratificante seguir enfocando mi carrera a la educación especial.

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